La moda anarco capitalista. Los más conformistas de los alienados.
Por Eric Germán List.
Últimamente he visto en las redes
sociales, fuente frecuente de tremendas distorsiones conceptuales, la
expresión, generalmente a través de Memes, de un movimiento que se autodenomina
“anarco-Capitalismo” o “libertario”.
Se trata increíblemente de los más
furiosos y alienados defensores del Statu quo económico mundial, del
Neoliberalismo. Su activismo en las redes es constante y energético. Se mueve
desatando una furibunda andanada de ataques, infamias, calumnias e insultos a
todo lo que les suena a socialismo, a izquierdismo, pluralismo, comunismo o
simplemente justicia social.
Su tesis se resume en un simple
silogismo: el libre mercado es la única fuente de desarrollo, el gobierno es un
estorbo al libre mercado, entonces el gobierno es el enemigo de todo
desarrollo. Bajo esta óptica sus ideas suelen dividirse en: 1. La declaración
de que el gobierno debe reducirse a su mínima expresión posible (es la postura
de los moderados); y 2. El gobierno debe dejar de existir para que el libre
mercado florezca en todo su esplendor. Detrás subsiste la sobada y cínica
noción “la naturaleza humana es el egoísmo”. Frecuentemente confunden egoísmo
con la canalla.
La tendencia no es inocente, ni
intrascendente. Está reclutando poco a poco a grandes cantidades de jóvenes,
que hartos del fracaso y degradación de las ideologías tradicionales, optan por
una tendencia que suena marginal, realista, antisistema, rebelde, novedosa y
“cool”. Poco a poco se está constituyendo en una alternativa viable para que la
derecha compita con la izquierda, en lo que tradicionalmente era su coto
particular, su clientela casi exclusiva: la juventud en busca de una identidad
frente al stablishment.
Los jóvenes “anarco-capitalistas”
poco se percatan de la frivolidad de sus consignas. Educados en una cultura más
cercana a la imagen visual que al rigor teórico, se adoctrinan a través de
Memes. Sus convicciones se forman a través de mini cápsulas temáticas en las que
por un lado se ridiculiza a figuras de la izquierda tradicional, como al Ché
Guevara (uno de sus blancos predilectos). Suelen leer pequeños mensajes en los
que se usan frases entrecortadas y descontextualizadas de estos personajes
buscando retratar posibles contradicciones, francas “pendejadas”, brutalidades,
supuestas discriminaciones en las que hubieran caído estas figuras históricas.
Otras veces los autores de estas publicaciones recurren francamente a difamar,
acusando a figuras paradigmáticas de las causas sociales, de crímenes atroces
en la cultura contemporánea (como violación, maltrato animal, homofobia y
otras). Al tiempo, se dibuja una extraña mezcolanza, una alianza ideológica
entre figuras de la más extrema derecha, como Ayn Rand, Von Mises, supuestos
empresarios triunfadores como Steve Jobs y Bill Gates, super héroes de la
economía contemporánea como Friedman, por un lado y figuras de una izquierda
real pero relegada por las izquierdas marxistas del siglo XX, por el otro. Con
esto último me refiero a los filósofos anarquistas del siglo XIX e inicios del
XX, como Bakunin, Proudhon, Kropotkin, Malatesta y en México a los hermanos
Flores Magón.
Se les pasa por alto que estos últimos
personajes son francamente antagónicos al capitalismo. Los grandes teóricos del
anarquismo hubieran abominado a figuras como Rand, Friedman, Jobs, y Gates,
considerándolos francos enemigos, porque de hecho, son antagonistas totales de
la verdadera causa libertaria. Hay desde luego una confusión o tal vez una
sustitución mañosa, entre el término “libertario’ y el término “liberal”.
La dupla de conceptos “Anarco-
capitalista” es francamente una contradicción. Nada más lejano al anarquismo, o
a las verdaderas filosofías libertarias que el capitalismo. Antes que nada
personas como Bakunin se consideraban a si mismos comunistas. Participaban de
un concierto de debates ideológicos dentro de movimientos como la Internacional
Socialista. Marx defendía una escuela, el “comunismo científico”, mientras que
Bakunin y Proudhon se denominaban “comunistas libertarios” (es cierto que hubo
una división furiosa entre estas dos formas de concebir al comunismo). Lo
fundamental en todo caso es entender que los anarquistas de esa generación se
entendían cercanos a la clase trabajadora. En sus momentos de praxis, por
ejemplo en la España previa al Franquismo, funcionaban como sindicatos
anarquistas o comunas agrarias libertarias.
Combatían, si, la idea de gobierno,
pero sobre todo combatían la idea de autoridad. Es en este terreno donde se
fundamenta el equívoco en el que se mueven astutamente los promotores de esta
tendencia de ultraderecha. La noción más simplona de “Anarquismo” y también la
más difundida, es la de que busca abolir a los gobiernos. Es cierta, desde
luego, más hay que aclarar que la última causa del anarquismo no es esta
abolición, que solo se considera un paso necesario, sino la búsqueda de la
libertad. En efecto se combate a los gobiernos y al Estado gubernamental,
porque en sí, se perciben como aparatos represores que alejan y alienan la
posibilidad del hombre de ser libre. Es decir, es una inexactitud decir que el
Anarquismo es en esencia la oposición al Gobierno o al Estado, porque no solo
se opone a ellos, sino a toda forma de poder o autoridad que aliene o limite la
búsqueda y construcción de un estado de libertad.
El capitalismo, en su carácter
piramidal, que divide a la humanidad entre patrones y trabajadores, en que el
patrón necesariamente es un explotador del trabajador (pues obtiene una
ganancia del trabajo ajeno), es netamente una forma de poder que aliena la
libertad del ser humano. Es poder contra la libertad del trabajador, contra la
libertad del desposeído, contra la libertad del pueblo que busca otras formas,
no cupulares de organización. Al final, resulta análogo al poder que ejerce una
autoridad gubernamental contra los individuos. Más allá, siendo el Gobierno y
aun el Estado, instituciones garantes del interés de los capitalistas, la
última consecuencia de la lucha libertaria, no sería contra los instrumentos del
poder real, sino contra los beneficiarios finales de todo el sistema represor.
Ahora, en el siglo XXI, además el
capitalismo está tomando un cariz especialmente tóxico. En lo económico estamos
evolucionando hacia un creciente monopolio globalizado, un monopolio que se
proyecta a todos los continentes. Este es un hecho inédito en la historia, pues
al pertenecer casi todos los países a sistemas económicos extra-nacionales,
progresivamente los gobiernos locales son obsoletos para el capital
internacionalizado y resultan estorbosos. No es que el capitalismo busque
gobiernos reducidos o inexistentes, sino que ha terminado por ser un gobierno
extra-nacional para prácticamente todas naciones. Requiere de estás, no un
gobierno (que como dije, ya lo es él mismo) sino un guardián. Así, los
supuestos “anarco-capitalistas” suelen combatir toda medida gubernamental
orientada al desarrollo social, acusando a las autoridades locales de
paternalismo o populismo, pero aplauden el uso de la fuerza para reprimir a
sectores sociales que, necesitados de un cambio urgente en la dirección
económica (pues están pauperizados), se movilizan para pedir a sus sistemas
políticos que limiten la dirección complaciente con los dueños de la pelota del
capital.
Resumiendo, el capital globalizado
busca debilitar poderes locales, para gobernarlos desde instituciones
multinacionales (que es un eufemismo para decir “capital internacional
concentrado en manos particulares”). Estas instituciones son, por ejemplo, el
Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la OCDE, Wallstreet y otras
del estilo. A su vez estas entidades, que se presentan como figuras de
cooperación entre países, en realidad responden a intereses de corporaciones
particulares.
Lo anterior no quiere decir, de
ninguna manera, que los gobiernos se estén aboliendo, como pretenden los
anarco-capitalistas, sino que el verdadero gobierno está situado en entidades
abstractas, no territoriales, sino simplemente bursátiles. Los mal llamados “capitalistas
libertarios”, no se oponen al poder, ni a la autoridad, sino solo a la
posibilidad del pueblo raso de incidir o ser objeto de las políticas locales.
Son enemigos no solo de toda dirección social en la política económica, sino de
cualquier asomo de autodeterminación que se oponga a las políticas de los
organismos multinacionales y en última instancia, de las corporaciones
privadas.
Los anarco-capitalistas son los
nuevos lumpen, fregados, pero hechizados con el oropel de la vida de sus
verdugos. Aman el glamour de una “superación personal” que nunca alcanzarán.
Adoran a sus ídolos: “Steve Jobs era un jodido como nosotros, pero pudo
aprovechar el mundo de oportunidades del capitalismo”; “nos enseña que todo es
cuestión de voluntad”; “nos muestra que todo es cuestión de echarle huevos”; “nos
señala que los pobres son pobres por huevones”; “que mientras haya políticas
sociales la gente no progresará… dale pescado a un pobre y comerá un día,
enséñale a pescar y comerá toda su vida”… Se repiten cantaletas como esta en un
coro de zombis mediatizados.
Bajo esta ideología, hecha de
retazos teóricos y proverbios banales, estos chavos alienados, generalmente
jóvenes profesionales, cuando tienen chamba despilfarran la plusvalía de su
trabajo en eternos créditos para mantener la sensación del buen camino: renta
de depas en la Condesa o la Roma, un buen auto a plazos, ropa de marca a
crédito, muebles de moda a tarjetazo limpio. Bajo la frágil imagen del este
éxito banal, cultivan el más recalcitrante clasismo (los que viven mal son
huevones, decadentes y nacos). Apoyan las más tóxicas medidas antipopulares
como la privatización de todo, aun lo que naturalmente es un bien común, como
la calle, la playa o el agua (los bienes son de quienes lo merecen). Apoyan
firmemente toda política antipopular, incluso al nivel de legitimar fraudes
descarados (la legalidad es solo para apoyar la libertad de mercado, si la
legalidad apunta a otra causa, entonces la legalidad es secundaria).
Después, cuando todo el esquema
falla (y siempre falla), cuando ya con un par de chilpayates (para los que de
pronto no hay lana para colegiaturas) y después de vivir esa manifestación
suprema de la libertad del mercado, que son los recortes laborales, estos
jóvenes autodenominados “libertarios-capitalistas”, no cambian de postura, sino
que engrosan las filas del resentimiento más violento. Ellos, “merecedores de
las mejores oportunidades”, “hermanos desheredados de Steve Jobs”, se sienten
robados… Pero ¿por quién? No, nunca por sus ídolos, sino por la existencia de
todos los que aún están más fregados que ellos, los millones y millones de
desheredados que hacen la competencia (sin merecerlo) en la lucha por prosperar.
Nunca, en su alienación voltean a
ver el verdadero rostro del sistema al que admiran y que si, es una panacea de
la libertad, pero de una libertad mezquina que no alcanza ni alcanzará para
ellos ni para nosotros nunca. La libertad que añoran, esa libertad privatizada,
es la del despojo, la de una economía básicamente secuestrada, que ya no
necesita de la gente para retroalimentarse. Es la libertad ajena y plutocrática,
a la que ellos, sus defensores a ultranza, jamás tendrán un verdadero acceso.
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